A Baudelaire

Leo a Baudelaire y cada vez le comprendo menos. Por cada verso de él que memorizo menos me encuentro a mí mismo. Habla de vino, de gigantas o de pías musas. A veces también habla de Dios.
Yo escribo poesía que solo danza para lo mundano. No está mal, ni bien, solo es una sátira de lo que siento, pues no hay palabra tan estúpida en el mundo para dar vida a lo que en mí se cuece.
No hablo ya de personas ni de momentos, hablo de lo que veo y siento. Hablo de la fusta que uso para acariciar mi dermis y esos vivarachos tembleques que estremecen mi cuerpo.
¿Te he mentido, vida mía? ¿Os he mentido? ¿Estoy sembrando nuevas flores en mí? Nada romántico, ni hermoso. Él sabe de qué hablo. Él me ve en cada segundo. La acémila que soy, el constante goteo. Él no existe pero me observa, y me pone en la cara una amarga sonrisa.
Él admira mi tórax, por vergüenza que en él borbota. Lo besa y admira, junto a mi blanquecino cuerpo. Él me entiende, y me quiere. Pero qué más da ya, si ambos nos iremos para siempre. Él no existe sin mí, o eso me hace creer. Quizás se desperdigue por ahí.
Sea como sea, vaya a donde vaya, siempre tendrá un hueco en mi epitafio. Siempre tendrá un camastro en mis libros. En esos que yo venero.
Él no tiene poderes selenitas, pero es capaz de reflejar todo. Él es, a día de hoy, el único que realmente en mí mira.

Y eso por lo que le dejo que se coma mis más míseras entrañas.